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viernes, 30 de diciembre de 2011

Ni cabeza, ni corazón.

¿Qué puedo hacer? No sé qué pasa. En mi cabeza una tortura y mi corazón no sabe que decir. Nadie me ayuda, nadie me entiende. Elijo una cosa y quiero lo contrario, voy a lo contrario y prefiero la primera cosa. Y venga vueltas, y vueltas y vueltas. Y no me quiero marear. Con lo bien que estaba yo. Sin pensar en nada, sin tener que decidir, sin recordar, sin preocuparme... dedicándome a lo que realmente me interesa. Y si sé todo esto, ¿por qué no lo aplico? A veces es mejor mandar algo a la mierda. Porque es algo, no es un todo. Y sin ese "algo" se puede vivir. Pero no puedo. Me empeño en pensar que no puedo, porque si puedo. Si puedo pero no debo. El deber no se debería de aplicar aquí. Debería. No, no debería. ¡Vale ya! Tengo que hacer lo que yo quiera, como quiera y cuando quiera. Y quiero hacer eso, así y ahora. Y lo voy a hacer. Porque aun que ni mi cabeza ni mi corazón me digan eso, yo pienso en mi, no en ellos. Soy así de egoísta. Sí, prefiero sonreír.

martes, 20 de diciembre de 2011

Me da la vida.

Es cierto. No siempre me va bien. Si ya lo decía la canción. Siempre tiene que haber un momento de bajón profundo cuando pensabas que todo se equilibraba. Hay cosas que no cambian. El que alguien te considere siempre la mala no cambia. Por muy bien que hagas las cosas. Por ejemplo. ¿Y qué haces tú cuando te tratan como a una enana sin cerebro? Yo lo tengo muy claro. O contesto y la lío, o me callo y me voy, o la lío y me voy. Pero eso sí, siempre acabo haciendo lo mismo. Mi musiquita no me falta. Me sube el ánimo cuando estoy sola. Yo la llamo "mi segunda amiga". Cuando no puedo contar con nadie, ella está ahí. Es realmente efectiva. Y las hay de todo tipo. Así que no importa, no te rayes, solo pasa de todo. Ha pasado, sí, claro que sí, pero desconecta por un momento. No lo pienses. Ya tendrás tiempo. En el momento en que se supone que te tienes que rayar, no lo hagas. Y lo más importante, escucha música... pero siempre con una sonrisa.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Indecisos.

Como intentar encender algo que está desenchufado, como seguir leyendo un libro que no te gusta, como volver a subir en una atracción en la que te has mareado, como hablar de repente con alguien que te ha hecho la vida imposible, como beber sabiendo que te sienta mal. Son tonterías. Tonterías que aun que salieran mal una vez repetimos siempre. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Es el instinto. Sería mejor tacharlas de la lista y no volver a acordarse de ellas nunca. Demasiado fácil. Porque también es cierto que cuando suspendemos una asignatura nos esforzamos en la recuperación, si rompemos un jarrón pegamos los pedacitos con pegamento, si no nos gusta un color tenemos goma para borrarlo, si rompemos nuestro pantalón favorito querremos arreglarlo por mucho que se note. Son tremendos indecisos. Tonterías que repetimos o intentamos mejorar. Imposibles que queremos que algún día salgan bien. Demasiada confianza suelta. La verdad, nada está escrito. Querrás mejorar algunas cosas y repetir estupideces. Pero siempre habrá algo que no quieras repetir. Si no salió bien una vez, ¿por qué a la segunda saldría? Eso solo se suele aplicar a las personas, a los sentimientos. Las cosas cambian. Las personas, pocas veces,

martes, 6 de diciembre de 2011

Ya no lloraré.

Es la hora. La hora de dejar los problemas a un lado. La hora de olvidarse de lo malo y quedarse con esos pequeños momentos que son los que realmente nos dan la felicidad. Vamos, somos adolescentes en pleno desarrollo, de nada sirve lamentarse. Seguro que no quieres estar tirado en la cama llorando y escuchando música deprimente. Tampoco te sirve de nada. Te desahogas, si, pero hay muchas otras cosas con las que desahogarse. Yo no hablo de buscar la felicidad porque realmente, para mi, no existe un estado de ánimo continuo con ese nombre. Pero si existe esa sensación de mejora contigo misma, esa libertad interior, eso que sientes cuando estas bien. Bien es la palabra. ¿Mal? ¿Para qué estar mal? Rayarse por todo, darle vueltas a todo, sufrir por todo. Vamos, los problemas no se solucionan entre lágrimas. Se solucionan actuando. Actuando y peleando. Claro que te caerás, mil y una veces, pero no te puedes quedar ahí tirada, tienes que levantarte o sino te pasarán por encima. Te levantas, te sacudes y sigues. Sigues adelante. Te vas a encontrar muchas más piedras, de las cuales la mayoría vas a poder esquivar. ¿Por qué no lo haces? Tenemos la opción de no sentirnos mal, de agarrar los problemas y tirarlos lejos. Muy lejos. Coger los buenos momentos y colocarlos en algún lugar bonito. Es absurdo no hacerlo. Cada uno sabrá lo que quiere hacer con su vida, yo, he optado por cambiar.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Seremos libres.

Si supieran mis padres todo lo que se me está pasando por la cabeza ahora mismo, me matarían. Me encerrarían. Quiero escaparme. Irme en mitad de la noche. Aún que esté lloviendo. Quiero poner esa canción antigua de Rock & Roll que tanto me gustaba mientras doy vueltas bajo lluvia guiada por las estrellas. Quiero seguir el ritmo de la música y ser tan mala como gritos tengan esas frases. Quiero perderme entre las calles de mi pueblo, que la gente que haya fuera me mire e ir a parar a algún sitio en el que pueda relajarme. Doce años viviendo en el mismo sitio y todavía no sé donde evadirme del mundo. ¡Quiero correr! Pues sigo corriendo con la canción de fondo. Acabaré cerca de la casa de alguna amiga que justo habrá bajado a tirar la basura en ese momento. Y me verá, empapada, alocada y medio muerta. Me tiraré a sus brazos y ella se preocupará mucho. A esas horas y con esas pintas. Pero yo me reiré y le diré que estoy loca, que he bailado, que me he ido y que no quiero volver nunca. La abrazarás y llorarás. Porque es imposible. Tienes quince mierdas de años y unas cuantas ostias en la cara en cuanto vuelvas. Porque tienes que volver. En este jodido mundo no somos nada. Todavía.