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sábado, 31 de octubre de 2015

Suspiro.

Y es que voy a quince suspiros por minuto, esperando a que en cualquier momento alguno acabe en sonrisa. Suspiro por el esfuerzo del día a día, por la carga de los pensamientos, por la ironía del conjunto. Y vuelvo a suspirar. Porque cuando pido algo a los cuatro vientos, se me niega ocho veces, y cada dos por tres está el caos de mi parte cuando necesito medio minuto de paz. Es una carrera continua por alcanzar la estabilidad. Una excusa barata para perder tu punto de apoyo por el camino y ver la meta cada vez más y más lejos. Ya sólo te queda arrastrarte y esperar a que algún día, si es que sucede, vislumbres de nuevo la meta en el horizonte. Pero, ¿quién te asegura que no la vas a volver a perder de vista? Lo harás. Es la pescadilla que se muerde la cola, la montaña rusa de la vida. Mareada de tantas vueltas, desconcertada por tantos cambios, exhausta de tanto esfuerzo. ¿Y qué queda ahora? ¿Qué?


jueves, 27 de agosto de 2015

Los cambios.

Yo siempre solía decir que la gente no cambia. A continuación, mi madre me llamaba ingenua. Sí, siempre he pensado que una persona, por mucho que lo pareciera o por mucho que se esforzara, no podía cambiar. En parte tenía razón, en parte no. Me explico. Resulta que la gente sí que cambia. ¡Vaya! Pero existen dos tipos de cambios: los cambios voluntarios y los cambios involuntarios. Ambos se pueden rectificar, otra cosa es que cada persona quiera hacerlo o no. Los cambios voluntarios son los que se producen en tu vida y tú eres consciente de que se han producido, es más, estás orgullosa de que hayan sucedido. Son cambios buenos, cambios a mejor, cambios que te benefician a ti y a los que están a tu alrededor. Sin embargo, los cambios involuntarios son totalmente lo contrario. Este tipo de cambios casi nunca los controlas, ocurren por un entorno diferente al habitual, suelen perjudicarte a ti, a los que están a tu alrededor o a ambos. Son cambios agrios, feos y fríos. Así bien, he descubierto que la gente, cuando tiene que mejorar algo de sí misma, casi nunca lo hace, pero a la hora de empeorar algo de su esencia, duda muy poco. Cuesta mucho hacer cambios voluntarios, pero los involuntarios... son los más fáciles. Odio los cambios involuntarios, ¿pero sabéis? Odio mucho más a las personas que son conscientes de estos cambios tan oscuros de los que hablo y no hacen nada para pararlos. Es así como una persona, siendo consciente, cambia su vida por completo.


jueves, 20 de agosto de 2015

El rayo de sol.

¿Cuántas cosas malas pueden ocurrirle a alguien a lo largo de su vida? Malas noticias, malas experiencias, malos diagnósticos, malos días en general, malas sensaciones, malas esperas, malas agonías, malos resultados... Algo tan malo como irte hundiendo poco a poco en una oscuridad que ni siquiera tú has creado, tan malo como ver cómo todo brilla a tu alrededor y tu pequeño círculo, ese que te pertenece y solo te envuelve a ti, ya ha adquirido un tono gris. Hay días malos y días peores. Días en los que antes de decir buenos días tus lágrimas ya saludan a los primeros rayos de sol que entran por la ventana, días en los que te levantas con resignación y te contienes las ganas de llorar y soltarlo todo en cualquier momento, aunque ni tú misma sepas por qué. Pero sí, no puedo mentir, es una vida dulce. Porque todos sabemos que las cosas malas ocurren y nadie las puede evitar, pero en cuanto lo malo pasa y la felicidad se abre paso por todas y cada una de las partes de nuestro cuerpo, de los pies a la cabeza, se olvida. Los malos momentos pueden tener un valor en la escala de importancia, pero los buenos momentos tienen el doble o el triple de ese valor. Por eso, las peleas, los malos días, las malas caras, el pesimismo, la oscuridad... son cosas que no valen la pena mantener. Porque un día llegará un rayito de sol que se irá abriendo camino y, a medida que ese rayo de sol se abre paso, la oscuridad irá desapareciendo hasta que estés tan a gusto que la esta sea un mero recuerdo. Todos necesitamos cierta oscuridad en algunos momentos de nuestra vida, pero nunca jamás olvidéis que tarde o temprano aparecerá ese pequeño rayo de sol.


domingo, 3 de mayo de 2015

Comienzo y final.

La vida es un continuo comienzo y fin. Existe un gran comienzo y un gran fin, pero, en medio de esos dos puntos, hay un sinfín de puntos más. Cuando te reinventas, cuando empiezas de cero, cuando cambias radicalmente... esos son pequeños comienzos. Comienzos que siempre acaban. Siempre tienes que volver a reinventarte, volver a empezar de cero, volver a hacer cambios radicales. Porque hay personas que no conocen la suerte, hay personas a las que lo bueno no les dura, hay personas que han de mover fichas constantemente en su vida para estabilizar un mínimo el tambaleo de los cimientos. Y no os hacéis una idea de lo que cuesta y cansan esas acciones. Por eso, llega un momento en la vida de todas estas personas en los que, han movido ficha tantas veces, se han esforzado tanto en hacerlo bien que, por lógica, los momentos futuros cansan y cuestan más. Mucho más. A medida que pasa el tiempo los comienzos son más costosos y los finales más dolorosos porque, aunque ocurra muchas veces, al principio de los comienzos siempre pensamos que lo estamos haciendo bien, que ese es el comienzo definitivo, el comienzo del resto de nuestras vidas. Pero, por desgracia, nunca lo es.



viernes, 1 de mayo de 2015

Qué pasa.

Qué pasa cuando todo tu mundo se viene abajo. Qué pasa cuando todo lo que creías diferente resulta ser del mismo color que lo demás. Qué pasa cuando descubres que todos tus sueños y deseos nunca se harán realidad. Qué pasa... Cuando estás vacía por dentro, cuando lloras a todas horas, cuando no puedes dormir por las noches, cuando tu cabeza no es tu cabeza: es un problema, cuando te duele todo, cuando los detalles se tornan puntiagudos, cuando el respeto se va y la hostilidad se queda, cuando tus acciones son irreconocibles y tus pensamientos peores todavía, cuando no hay salida en el camino ni luz al final del túnel, cuando ahora es blanco y a las dos horas es negro, cuando todo es oscuro, frío, aterrador, cuando te caes y nadie te levanta, cuando no te sujetan al caminar, cuando crees que eres algo que ya no eres más, cuando se desmoronan tus teorías, cuando lo bueno se acaba, cuando le das la vuelta a la moneda, cuando lo largo no dura y lo corto se hace eterno, cuando se imponen los imposibles, cuando los sueños sueños son, cuando tú misma te lanzas por el precipicio, cuando sientes punzadas en el estómago, cuando no cambian los días, cuando crees que sí pero no, cuando pierdes la esperanza, cuando todo lo que has construido se va pudriendo desde los cimientos, cuando no sabes en qué parte de tu ser encontrarte, cuando no sabes si sigues existiendo, cuando renuncias a tus ideales, qué pasa, eh. Qué pasa...




viernes, 16 de enero de 2015

El miedo de quedarse en el intento.

Siempre que se presenta algo importante en nuestra vida nos asusta, nos pone nerviosos, nos hace cambiar un poquito... nos hace tener cierto miedo. Miedo a no ser suficientemente bueno, a que pierdan la fe en ti, a que crean que no te has esforzado lo suficiente como para llegar a donde quieres llegar... todas estas cosas se unen en una y, aunque desde un principio no las pensemos tanto, están ahí al fin y al cabo. Pero lo peor es cuando pensamos en nosotros mismos, en cómo nos afecta a nosotros realmente, el miedo más alto: el famoso miedo a quedarse en el intento. Por supuesto que hay que intentar las cosas, nunca dejéis de intentar algo porque creáis que no lo vais a conseguir, pero eso no hace que se nos vaya el miedo. Antes de lanzarnos a por ello es inevitable pensar qué pasará si no lo logramos, si nos quedamos en el mero hecho de haberlo intentado. ¿Podré retroceder? ¿Tendré una segunda oportunidad? ¿Y si fallo de nuevo en la segunda? ¿Podré seguir intentándolo? Todos nos hemos hecho alguna de estas preguntas en ciertos momentos de nuestra vida. Y para qué negarlo, todos lo sabemos perfectamente, en la vida nada es fácil, nada se consigue quedándote quieto, nada viene solo caminando hacia ti. Tendrás que levantarte tú y, como mínimo, tener un intento en el que quedarte.