.

.

jueves, 27 de agosto de 2015

Los cambios.

Yo siempre solía decir que la gente no cambia. A continuación, mi madre me llamaba ingenua. Sí, siempre he pensado que una persona, por mucho que lo pareciera o por mucho que se esforzara, no podía cambiar. En parte tenía razón, en parte no. Me explico. Resulta que la gente sí que cambia. ¡Vaya! Pero existen dos tipos de cambios: los cambios voluntarios y los cambios involuntarios. Ambos se pueden rectificar, otra cosa es que cada persona quiera hacerlo o no. Los cambios voluntarios son los que se producen en tu vida y tú eres consciente de que se han producido, es más, estás orgullosa de que hayan sucedido. Son cambios buenos, cambios a mejor, cambios que te benefician a ti y a los que están a tu alrededor. Sin embargo, los cambios involuntarios son totalmente lo contrario. Este tipo de cambios casi nunca los controlas, ocurren por un entorno diferente al habitual, suelen perjudicarte a ti, a los que están a tu alrededor o a ambos. Son cambios agrios, feos y fríos. Así bien, he descubierto que la gente, cuando tiene que mejorar algo de sí misma, casi nunca lo hace, pero a la hora de empeorar algo de su esencia, duda muy poco. Cuesta mucho hacer cambios voluntarios, pero los involuntarios... son los más fáciles. Odio los cambios involuntarios, ¿pero sabéis? Odio mucho más a las personas que son conscientes de estos cambios tan oscuros de los que hablo y no hacen nada para pararlos. Es así como una persona, siendo consciente, cambia su vida por completo.


jueves, 20 de agosto de 2015

El rayo de sol.

¿Cuántas cosas malas pueden ocurrirle a alguien a lo largo de su vida? Malas noticias, malas experiencias, malos diagnósticos, malos días en general, malas sensaciones, malas esperas, malas agonías, malos resultados... Algo tan malo como irte hundiendo poco a poco en una oscuridad que ni siquiera tú has creado, tan malo como ver cómo todo brilla a tu alrededor y tu pequeño círculo, ese que te pertenece y solo te envuelve a ti, ya ha adquirido un tono gris. Hay días malos y días peores. Días en los que antes de decir buenos días tus lágrimas ya saludan a los primeros rayos de sol que entran por la ventana, días en los que te levantas con resignación y te contienes las ganas de llorar y soltarlo todo en cualquier momento, aunque ni tú misma sepas por qué. Pero sí, no puedo mentir, es una vida dulce. Porque todos sabemos que las cosas malas ocurren y nadie las puede evitar, pero en cuanto lo malo pasa y la felicidad se abre paso por todas y cada una de las partes de nuestro cuerpo, de los pies a la cabeza, se olvida. Los malos momentos pueden tener un valor en la escala de importancia, pero los buenos momentos tienen el doble o el triple de ese valor. Por eso, las peleas, los malos días, las malas caras, el pesimismo, la oscuridad... son cosas que no valen la pena mantener. Porque un día llegará un rayito de sol que se irá abriendo camino y, a medida que ese rayo de sol se abre paso, la oscuridad irá desapareciendo hasta que estés tan a gusto que la esta sea un mero recuerdo. Todos necesitamos cierta oscuridad en algunos momentos de nuestra vida, pero nunca jamás olvidéis que tarde o temprano aparecerá ese pequeño rayo de sol.