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jueves, 27 de agosto de 2015

Los cambios.

Yo siempre solía decir que la gente no cambia. A continuación, mi madre me llamaba ingenua. Sí, siempre he pensado que una persona, por mucho que lo pareciera o por mucho que se esforzara, no podía cambiar. En parte tenía razón, en parte no. Me explico. Resulta que la gente sí que cambia. ¡Vaya! Pero existen dos tipos de cambios: los cambios voluntarios y los cambios involuntarios. Ambos se pueden rectificar, otra cosa es que cada persona quiera hacerlo o no. Los cambios voluntarios son los que se producen en tu vida y tú eres consciente de que se han producido, es más, estás orgullosa de que hayan sucedido. Son cambios buenos, cambios a mejor, cambios que te benefician a ti y a los que están a tu alrededor. Sin embargo, los cambios involuntarios son totalmente lo contrario. Este tipo de cambios casi nunca los controlas, ocurren por un entorno diferente al habitual, suelen perjudicarte a ti, a los que están a tu alrededor o a ambos. Son cambios agrios, feos y fríos. Así bien, he descubierto que la gente, cuando tiene que mejorar algo de sí misma, casi nunca lo hace, pero a la hora de empeorar algo de su esencia, duda muy poco. Cuesta mucho hacer cambios voluntarios, pero los involuntarios... son los más fáciles. Odio los cambios involuntarios, ¿pero sabéis? Odio mucho más a las personas que son conscientes de estos cambios tan oscuros de los que hablo y no hacen nada para pararlos. Es así como una persona, siendo consciente, cambia su vida por completo.


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