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sábado, 31 de octubre de 2015

Suspiro.

Y es que voy a quince suspiros por minuto, esperando a que en cualquier momento alguno acabe en sonrisa. Suspiro por el esfuerzo del día a día, por la carga de los pensamientos, por la ironía del conjunto. Y vuelvo a suspirar. Porque cuando pido algo a los cuatro vientos, se me niega ocho veces, y cada dos por tres está el caos de mi parte cuando necesito medio minuto de paz. Es una carrera continua por alcanzar la estabilidad. Una excusa barata para perder tu punto de apoyo por el camino y ver la meta cada vez más y más lejos. Ya sólo te queda arrastrarte y esperar a que algún día, si es que sucede, vislumbres de nuevo la meta en el horizonte. Pero, ¿quién te asegura que no la vas a volver a perder de vista? Lo harás. Es la pescadilla que se muerde la cola, la montaña rusa de la vida. Mareada de tantas vueltas, desconcertada por tantos cambios, exhausta de tanto esfuerzo. ¿Y qué queda ahora? ¿Qué?


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